“…En cas de réimpression, l’illustrateur s’engage à effectuer toutes les retouches nécessaires, s’il ne peut ou ne veut les effectuer lui même, celles ci seront réalisées par un tiers. La rémunération de ce tiers sera prelevée sur les droits d’auteurs dus à l’illustrateur ou à ses ayant droit…”

monmacon:

image

Super, mais alors la, super!

Una pesada cortina de humo cubría el ambiente, una mixta esencia a tabaco, sudor rancio y cuero curtido flotaba en el aire, haciéndolo casi irrespirable, por la ventana, la oscuridad de la noche se abría infinita en el espacio, alumbrada apenas por los mortecinos destellos de las frías estrellas del firmamento. La taberna era iluminada por viejas lámparas de aceite, colgadas del techo por ganchos ya oxidados, que se quejaban chirriantes ante el más mínimo soplo de viento. El tabernero servía la cerveza y sonreía, de manera un tanto forzosa, a sus clientes mientras cada uno de ellos se dedicaba a atender sus diversos quehaceres. En aquella noche, tan semejante a cualquier otra, el centro de atención era un hombre que vociferaba y reía, por su vestimenta, se diría que era un noble o lo por lo menos burgués, hijo del canciller quizás. Su cabello negro, cortado a lo tazón, estaba aceitado, al igual que su bigote, con perfumes o esencias. El personaje estaba sentado con los pies en la mesa y rodeado por sus seguidores, entre los cuales había sendos guardaespaldas, más preocupados en beber que en prestar atención a su caprichoso señor. La velada se desarrollaba sin incidentes, o al menos hasta que al joven rico, se le ocurrió la brillante idea de acosar a la joven y bella camarera. La muchacha, de cabellos rojizos además de pecho y cadera bien moldeados, trataba de esquivar hábilmente las manos del noble, pero al final consiguió agarrarla por su delicada muñeca y sentarla sobre su regazo contra su pecho.

-Vamos. ¿Qué te parece si esta noche la pasamos juntos?-preguntó el pomposo sujeto posando una mano en el muslo de la camarera, que intentaba desesperadamente zafarse de él, pero por mucho que el alcohol limitara sus movimientos la tenía bien asida-Lo pasarás bien. ¿Verdad, muchachos?-todos los presentes sonrieron con claras intenciones, aun cuando en su mayoría el estado de embriaguez les impedía discernir con seguridad sus objetivos. Resultaba obvio que no era el temor lo que los seducía a seguirle la corriente, a diferencia de sus matones, que sí podían inspirar cierto respeto, sino la posibilidad de, en un futuro, obtener su favor, por lo que nadie osaba oponérsele. El aristócrata metió su mano bajo el delantal de la camarera, que lanzo un sollozo de impotencia, ¡qué grande fue la sorpresa de todos! al observar como una jarra de cerveza se estampaba en el rostro del noble, volcando la silla y estrellándose en el suelo. La camarera corrió a refugiarse tras el mostrador cuando un terrible silencio se adueñó de la habitación. Al cabo de  unos instantes, todos observaban a los ocupantes de una mesa separada del resto, situada en un lejano rincón y ocupada por una extraña y pintoresca pareja. Un humano, de cabello castaño y corto, un par de gafas redondas y cristal negro ocultaban sus ojos, vestía una camisa verde oscura y sobre esta, una sencilla y ya descolorida chaqueta de cuero. Era de estatura más bien baja y observaba a todos los presentes con frustración, a su lado estaba sentado un arcadio, un ser idéntico a los humanos, excepto por las puntiagudas orejas, más largas que las que caracterizaban a los elfos, y por los dos cuernos que le nacían de la cabeza, algo curvados. Aquel en concreto era alto, ancho de hombros y de postura relajada. Tenía el cabello rubio recogido en una coleta y una perilla enmarcaba su boca, que estaba curvada con una sonrisa burlona. Una cinta negra le cubría la frente y apartaba algunos mechones de sus ojos verduzcos. El arcadio vestía una camisa azul sin mangas y calzones negros de tela gruesa, mil veces zurcidos, un par guantes de cuero negro,  cubrían sus puños, totalmente protegidos salvo los dedos, que quedaban al aire. Y por último, vestía botas de caña alta. Cinco talismanes, tan rojos como la sangre, decoraban engarzados en las placas metálicas que protegían el dorso de sus guantes, sus botas acorazadas y la cinta que cubría su frente. Tras el silencio, observó a todos los presentes con sus ojos verdes y relucientes mientras de sus labios surgió una suave y mal fingida exclamación.

-Se me resbaló, acepte mis disculpas-añadió apenas sin cambiar su expresión.

-Ya, hijo puta, ya-bufó su acompañante con aire contrariado-Pero la de fichas que acabas de meter con tu estilo de “caballero andante” no las quita nadie. ¿Eh?-espetó el humano observándolo con el ceño fruncido, el arcadio se limitó a encogerse de hombros-¡Pedazo de cabrón, te me has adelantado!

-Quien no corre vuela-le respondió simplemente.

-¡Pues que sepas que esta vez me tocaba a MI!-se quejó el humano secamente.

-Vale, lo siento, perdona-se disculpó el arcadio a regañadientes.

-¡Matadlos! ¡Quiero que los matéis ahora mismo!-chilló con voz aguda el maltrecho noble, fuera de sus casillas, mientras se cubría su rostro herido con una mano ensangrentada, los cinco guardias se abalanzaron hacia la extraña pareja desenvainando sus espadas y garrotes, pero por extraño que resultase, aquellos dos extraños especímenes no se inquietaron lo más mínimo.

-Y para que veas que lo siento, te dejo elegir con cuantos te quedas-añadió el arcadio y debió funcionar, porque su acompañante sonrió con júbilo.

-Con tres-respondió mientras hacía aparecer una vara de madera de la nada y desarmaba al primero de los atacantes con una facilidad insultante, para después golpearle en la rodilla, la entrepierna y la cabeza, haciéndolo caer inconsciente sobre el sucio suelo de madera. El arcadio gruñó, algo irritado por la avaricia de su compañero, antes de agarrar la muñeca de otro de los atacantes y desarmarlo, golpeó su rostro con el codo y un fuerte chasquido señaló que le había partido la nariz-Uy-dijo encogiéndose de hombros mientras el hombre caía de espaldas, otro de los guardias se abalanzó sobre el arcadio, que sin esfuerzo aparente lo alzó en el aire y lo lanzó a lo lejos, que mala suerte la del hombre, que fue a dar con una de las lámparas de aceite, prendiéndose fuego-Uy otra vez-tras unos minutos de refriega, la taberna quedó hecha una ruina y en el centro de aquel caos, solo permanecía la extravagante pareja de viajeros-Bueno, como pelea no estaba mal. ¿Qué nota le pondrías?-preguntó el arcadio a su amigo, que meditó unos instantes.

-Bah, un cinco pelao-rechistó con desaprobación antes de olisquear el aire-¿No hueles a quemado?-añadió mientras ambos se volvían, la despensa de la taberna estaba ardiendo, sin duda a causa de los barriles repletos de aceite y del incidente de la lámpara. La pareja corrió fuera de la taberna con una velocidad extraordinaria y al salir observaron su obra, Luye con cierta culpabilidad y Joss casi con aprobación. Entonces se percataron de como todos los esperaban con un odio homicida plasmado en sus miradas, el posadero se adelantó y comenzó a gritar:

-¡Hijos de puta! ¡Mi casa, mi casa, habéis quemado mi taberna!-rugió a punto de arrancarse los escasos cabellos que le poblaban su reluciente cráneo-¡Os mataré! ¡Por Dios que os mataré!

-Eh…¿No puedes hacer algo?-preguntó el arcadio a su compañero refiriéndose al fuego pero dado que no le contestaba se giró y lo vio a la carrera hacia la espesura.

-¡Ya lo hago!-contestó el mago desde la distancia y el arcadio tuvo que seguirlo como si los mismísimos demonios del Caos los persiguieran.

-¡Otra situación salvada! ¡Gran trabajo, Joss!-dijo el arcadio con notable sarcasmo, no sin dejar de correr.

-Bueno, Luye, mira el lado bueno, no hemos tenido que pagar las cervezas-respondió sonriente el humano mientras resonaban entre los árboles las maldiciones del tabernero desde la lejanía.

Mercenarios.

Las Crónicas de Luye y Joss.

Vol. 1